2012 será una mierda.

Acaba de comenzar el año del fin y el mundo ya lo sabe. El mundo lo sabe y quiere saberlo porque al mundo le hacen gracia las catástrofes y disfruta de la sensación catártica del terror como de una cervecita al atardecer. Aunque en Sub–Urbano no dudamos de la destreza de los antiguos mayas para elaborar sus calendarios, y los indicios apocalípticos son más que patentes, creemos que el planeta Tierra llegará intacto a 2013. Bueno, intacto no: llegará cubierto de… de mierda.

Para abundar en esta postura, consignamos a continuación un par de historias que, teniendo como inicio previsiones que sus autores dieron por infalibles, acabaron por colmarlos de… de mierda.

En 1998, el doctor veterinario Renzo Del Piero díjose inventor de un tratamiento homeopático mediante el cual el ganado pasaría meses sin defecar. La prodigiosa medicina, según Del Piero, servía como fabuloso digestivo absoluto, como milagroso complemento asimilativo, como ojiplatizante disolvente orgánico. Producía una efervescencia tal en el bolo alimenticio que todo él era incorporado, como nutriente, a las vías circulatorias, desapareciendo por tanto la necesidad de eliminar las fibras de desecho. Esto tendría su importancia para cuadruplicar el aporte calórico del pasto y para disminuir las emisiones de metano por las flatulencias de las vacas. ‘Acabaré al mismo tiempo con el hambre y la peste’, decía el doctor.

Ante las burlas de sus colegas, nuestro valeroso genio de la química se mostró dispuesto a probarlo con arrojo. Lo hizo a lo grande. Convocó a la prensa en el zoológico de Nápoles y le administró un comprimido de su fórmula (que, aún hoy, sigue siendo secreta) a Marny, una elefanta africana de cinco toneladas. ‘Para demostrar la brillantez de mi creación, para probarles que estoy en lo cierto, voy a pasar veinticuatro horas tumbado con el rostro bajo los cuartos traseros del paquidermo. No traten de impedírmelo’, clamó el doctor. Nadie trató de impedírselo. Se dispuso una camilla y el buen hombre se tendió en ella, con la cabeza entre las patas del animal. A los cinco minutos, Marny levantó el rabo. El resto fue inevitable.

En 2001, Sir Thomas Zacharias Fairbanks preguntó a Paul Smith cuántos retretes químicos se precisarían para cubrir las necesidades de los cuatrocientos invitados a la boda de su hija. Paul Smith, contratado para organizar el convite, pronosticó con la absoluta seguridad que le otorgaban sus años de experiencia, que dos retretes químicos serían suficientes. Sir Thomas Zacharias Fairbanks dudó. Pero admitió la sugerencia pensando que, con lo que estaba pagando, Paul Smith debía de saber de lo que hablaba.

 La hija de Sir Thomas Zacharias Fairbanks se había empeñado en celebrar un banquete al aire libre, en las vastas campiñas del condado de Yorkshire pertenecientes a la familia. Escogió un claro precioso, junto a una laguna, a más de dos kilómetros de la vivienda más cercana. A pesar de que el camino de acceso era terrible, el padre accedió a los deseos de su hija, como no podía ser de otro modo. Contrató a la muy recomendada empresa de eventos Paul Smith Events para que se hiciera cargo de todo. Se levantó una carpa. Se habilitó una pista de baile. Se hizo traer un cuarteto de cuerda que tocaría durante la cena, un grupo de rock que actuaría tras el vals y un dj que amenizaría hasta la madrugada. El catering estaba perfectamente organizado. O eso creía Paul Smith: no contó con una avería en el arcón refrigerador de la furgoneta que traía las ostras desde la Bretaña francesa.

 A las siete de la tarde, cuando los primeros retortijones hicieron su aparición, se demostró que los dos retretes se quedaban en poca cosa. Los primeros que los ocuparon, el afamado crítico teatral Robert Dowley y la presidenta de la Chanterley Foundation, Helen Chanterley, admitieron su fortuna días más tarde.

Los cuatrocientos invitados se levantaron de la mesa casi al mismo tiempo. Como buenos británicos, primero optaron por hacer cola frente a los baños portátiles que, por otra parte, habían sido decorados con inteligencia y delicadeza, hasta el punto de hacerlos pasar por lavabos del hotel Ritz. Todos ellos intentaron disimular los desagradables ruidos de las tripas, el desplazamiento de fluidos y gases arriba y abajo. Cuando comprobaron que Dowley y Chanterley se demoraban demasiado, la cola empezó a dar síntomas de inquietud. Los que esperaban en las últimas posiciones mostraban una desesperación inenarrable. Lord Howley cruzaba fuertemente las piernas. David Clayton estiraba mucho el cuerpo, como si acomodase los riñones. Finalmente, Lady Adamson, que a sus ochenta y cuatro años no tenía músculo para aguantar, abandonó la fila y se agachó bajo una mesa, quedando a cubierto por el blanquísimo mantel. Enseguida, los miembros más apurados del convite la imitaron: el político Oliver Heaton, el miembro de la Royal Society Harold O’Connor, la catedrática de Oxford Eleanor Humboldt, el bailarín del Bolshoi Vassily Ilich Viriakov… Cuando todas las mesas quedaron ocupadas, los invitados empezaron a acurrucarse tras la maleza, entre las ruedas de los transportes, tras el estuche del contrabajo, o en cualquier lugar de aquella bucólica campiña que, en aquella preciosa tarde de agosto,  pudiera dar cobijo a tan singular estallido.

Mención aparte merece el coraje de Sir Thomas Zacharias Fairbanks. Primero se introdujo en el lago hasta la cintura, para aliviar sus tripas a la vez que las aguas le servían de instrumento higiénico. Después, con el pantalón empapado y negándose a dar la fiesta por acabada, pues lo que más odiaba de este mundo era ver a su hija llorar, corrió a reprender a la banda de rock por no estar tocando. El grupo, que no había comido ostras, obviamente, comenzó por interpretar el Anarchy in the UK, tal y como habían acordado con la novia, que tenía su vena díscola. Mientras la música se apoderaba del recinto y ensordecía las explosiones y erupciones tubulares provenientes de los intestinos  de los invitados, Sir Thomas ejerció de buen anfitrión y perfecto caballero. Sirvió un vaso de agua a Lady Adamson para que no sufriera una deshidratación, pues ochenta y cuatro años son ochenta y cuatro años. Distribuyó toallitas empapadas en colonia. Llamó a los bomberos del condado para que arrastraran los lodos con la presión de las mangueras. Y, cuando la banda de rock ejecutaba razonablemente bien el Welcome to the Jungle, cayó desmayado mientras el contenido de sus tripas desafiaba la más elemental física de fluidos.

Al día siguiente, Paul Smith se hizo cargo de la limpieza. Césped, retretes, mesas y sillas, manteles ya no tan blancos, servilletas, pista de baile y el estuche del contrabajo.

No son tan raros estos casos. El pasado es lo único invariable. El futuro, lejos de estar escrito, depende indefectiblemente de nuestras torpezas, infortunios y calamidades. De eso sabemos mucho en Europa en estos tiempos de crisis económica. Cuantas más previsiones hacemos, más nos llenamos de mierda.

© 2012, Paco Bescós. All rights reserved.

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Paco Bescós

Paco Bescós

El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.